Soldado

Un radiante sol de otoño golpeaba un acantilado cubierto por una fina pero voluminosa capa de césped que, con la vista hacia el mar, daba un espectáculo que pocos podían imaginar. Allí estaba un joven soldado que volvía de su viaje, junto con su pequeña hija que corría cerca de él con un entusiasmo que habría contagiado a cualquiera que estuviese triste. Es una lástima que perdamos, a medida que crecemos, la vitalidad de los niños y esa capacidad de disfrutar de las pequeñas cosas.

El soldado caminaba como si no tuviese ningún tipo de apuro, y de hecho no lo tenía. Estando tanto tiempo lejos de sus seres amados le enseño a aprovechar cada momento que tuviese con ellos como si fuera el ultimo.

Lo único que tenía era aquella niña con sonrisa inocente y rulos castaños que corría por la pradera. Nadie jamás podría amar a alguien tanto como él lo hacía, y la cuidaba más que a su propia alma.

No podía dejar de mirarla, y sentir un golpe en su corazón y ganas de llorar. La recordaba tanto a ella.

La pequeña apuraba al padre para ir al final del acantilado y ver con serenidad al bailante mar azul. Hizo caso a lo que dijo, pero no dejó de tomarse su tiempo para hacerlo. Tomó fotografías mentales de todo lo que pudo, y más si estas involucraba a su ser más amado.

Llegó al final, se sentó abruptamente con ella para mirar al futuro. La joven apoyo la cabeza sobre las piernas de su padre y miró al cielo vacío, pero al mismo tiempo, lleno de formas.

Ambas mentes no podían encontrarse en mayor sincronía; los dos pensaban lo mismo, los dos deseaban lo mismo.

Los dos temían lo mismo.

¿Pero que podría hacer él? Era un soldado, alguien que entregaba la vida a los demás, aunque él se convencía que entregaba su vida a ella, para protegerla y cuidarla. Era la vida que había elegido, la vida a la que se había acostumbrado. El sólo era bueno para hacerle hablar a las armas, y era lo único que podía hacer por ella.

A la mañana volverían a separarse, y él tendría que soportar que los ojos de su hija suplicasen que no se alejara otra vez de ella. El debía afrontar la guerra más difícil de todas, una guerra corta, fugaz, pero quebrante.

Él se arrodilaría para ponerse a su altura. O tal vez para mostrar que el también sentía lo mismo. Y le diría la mentira más bella de todas: “Volveré”.

Fuente de Imágen | Deviantart

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *