Oso

Se levantó somnoliento de su cama, se puso las pantuflas de oso que su abuela le había regalado y fue por el pasillo de su casa hacia el baño. Estaba todo en silencio, así que lo más seguro es que su familia aún no se había despertado.

Entró al baño, fue al inodoro e hizo pis con los ojos entre abiertos del sueño que arrastraba de la cama. Tiro la cadena y acercó el banquito hacia el lavamanos para poder llegar al espejo, y cuando subió por poco no se resbaló del susto que se pegó.

¡Era un oso!

Tenía pelo en todo el cuerpo, le había crecido la nariz y las orejas, y los dedos eran alargados y filosos.

— ¡Ostras!, — se dijo a sí mismo — me he convertido en un oso. —

Se empezó a tocar toda la cara y el pecho, miro hacia sus pantuflas y se las quitó viendo, un poco desilusionado, que sus pies se habían convertido en patas.

Sentía como los nervios le empezaban a subir por todo el cuerpo, de pies a cabeza. ¿Qué le diría a su madre cuando lo viera así? ¿Cómo le explicaría a su padre que le había crecido la nariz, y que, además, no había dicho ninguna mentira?.

El golpe de la puerta lo sacó de sus pensamientos, era su madre:

— ¿Ya vas a salir? Necesito entrar — dijo.

— Si si, ya salgo — le contestó el.

Llegó a la conclusión de que era un oso, y no podía hacer nada para evitarlo. Salió con la frente en alta –pero asustado– hacia la puerta, la abrió, y que pase lo que tenga que pasar.

— ¿Puedo pasar? — le preguntó su madre que lo miraba como él cubría la entrada del baño.

Afirmó con un murmullo y salió de la puerta del baño. ¿Qué había pasado? ¿No notó que era un oso? No entendía nada.

Su hermana por un año menor pasaba con su piyama de princesa al lado de él, tampoco diciendo algo sobre su apariencia:

— ¿No notas nada raro en mí? — le preguntó él.

— Si, que cada vez pareces más torpe — le dijo burlándose mientras se iba, aunque él no le dio importancia.

Al momento pasaba su padre, y la boca se le abrió del asombro que tuvo; ¡el también era un oso!, aunque más peludo y con una pansa más grande.

— Hola hijo, buen día — le dijo mientras iba por la escalera hacia la cocina para desayunar.

Ahora si estaba desconcertado. ¿Acaso nadie se dio cuenta de que él y su padre eran osos?, tenía miedo de preguntar y que pensaran que estaba loco, así que se llamó a silencio y fue a la cocina en plan de desayunar con su familia como todos los días.

Esa mañana fue más o menos igual que todas las anteriores, su papa y mama hablaban de lo que tenían que hacer hoy, su hermana estaba mirando el canal de niños, y su perro estaba al lado de él esperando alguna galleta que furtivamente le daban cada tanto. Lo único diferente es que sentía el olor a café un poco más atractivo y deseable que antes.

Su madre rompió su estado de alerta:

— ¿Puedes ir tu solo a la escuela hoy? — le dijo — , necesito llevar a tu hermana al hospital para un chequeo.

— ¡Bajo mi cadáver me llevarás al hospital! — grito su hermana mientras esta se iba corriendo a su cuarto para esconderse bajo la cama.

— Te dije que no debía ver con nosotros ese documental de guerreros medievales— comentó su padre mientras le daba un sorbo a su taza de café antes de levantarse a seguir a su retadora hija.

— ¿Puedes ir? — preguntó de nuevo su madre que esperaba una respuesta de él.

Nunca había ido al colegio solo. Y aunque quedaba a 5 cuadras de su casa, su madre siempre lo acompañaba. De todas formas le dijo que si, pues conocía bien el camino.

Su madre fue a su cuarto a vestirse para salir, y el oso quedó solo en la cocina con el televisor prendido, pensado en qué estaba sucediendo en la familia. Terminó su leche con chocolate y fue a prepararse para salir.

Se puso su pantalón de jean, una remera y un abrigo liviano ya que afuera estaba corriendo un viento leve. Se ató las zapatillas y abotonó su blanco guardapolvo recién lavado y perfumado. Cargó su mochila y, con previo saludo a sus padres, salió para su escuela.

Cuando llegó a la esquina se sorprendió al ver que había varios osos caminando por la calle. Uno iba con su hija, otro en un auto algo mal tratado con una escalera encima, a media cuadra venia uno vestido de traje caminando recto y con aire de superioridad hacia vaya a saber dónde.

Todos iban con naturalidad, sin notar que tenían pelo y garras. Pero él tampoco se iba a animar a preguntar, ya que tenía un poco de vergüenza y miedo por lo que le fueran a decir. Aceptó su nuevo cambio y pensó que, al menos, ya no tendría que usar más sus pantuflas de oso que le habían regalado.

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