La duda de Juancito

La duda de Juancito

— ¿Alguna vez has pensado que pasa después de morirnos, Rodolfo? —

—*bruagh* — , le respondió.

Juancito y su loro mejor amigo, Rodolfo, iba por un camino en medio del bosque que los llevaba hacia el lago que estaba a no más de 10 minutos de allí.

Iba con unos pantalones cortos de jean y unas zapatillas viejas que siempre se ponía para ir a estos lugares, así no se tenía que preocupar por pisar barro y que su madre luego le tirase de las orejas. Tenía una remera roja con un dibujo que no entendía y una gorra de su equipo favorito de futbol.

Rodolfo era de color verde, inteligente, y siempre sabía que responder a lo que él comentara.

— ¿No tienes miedo de lo que pase después de eso? — continuó él.

— *bruagh* — , dijo con seguridad Rodolfo.

— Ya sé que no tengo que pensar en eso porque soy chico, pero me da curiosidad. Si morimos en realidad nos apagamos, ¿no? — .

— *bruagh* *bruagh*, *buurg* — , contestó Rodolfo.

— Ya sé también que mama tiene una opinión diferente, pero yo me pregunto, si en realidad nos apagamos, ¿por qué tenemos memoria? — , dijo Juancito con duda.

Pero no recibió comentario de su loro.

— Si puedo recordar lo que cené ayer o lo que pasó en el último programa de mi dibujito favorito, ¿no significa que incluso después de morirme todavía voy a seguir vivo de alguna forma? — , esta vez preguntó con una cierta seguridad, como si le estuviese tendiendo una trampa a su loro.

— *bruagh* *buurg*, *bruagh* *guur* —

— Eso es sólo lo que ellos dicen, no saben en realidad si es verdad — .

Al momento de terminar su frase, ambos compañeros llegaron al lago, que los recibía con un enorme abrazo que atrapaba todas las dudas y parecía mostrar que la vida era más simple de lo que sus cabezas imaginaban.

Tomaron gaseosa, comieron sanguches de jamón y queso. Pescaron, corrieron, y hasta vieron un ciervo.

Cuando el sol se iba preparando para hacer su siesta, ambos se levantaron del lugar y volvieron sobre sus pasos hacia el auto. Juancito llegó exhausto pues tenía que cargar la mochila. Su loro abandonó su hombro y lo ayudo a cargar las cosas.

Acomodó a Juancito en el asiento trasero para que durmiera, se sentó en el asiento del conductor y volvieron felices hacia su hogar, sin recordar la charla que tuvieron al principio.

Fuente de Imágen | DeviantArt

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