Guardia

Labrado en acero y armas, el cansado guardia se sentó en un asiento de madera cobijado por la sombra de un caluroso día. Llevar el equipo de trabajo bajo el calor del sol era lo peor, así que se quitó el casco, y sintió como aires renovados pasaban por su mojada cara. Cerró los ojos para respirar pausadamente.

Cuando los abrió, vio delante de sí una pequeña niña en harapos. Nunca la había visto, pero al parecer solo era una jovencita que vivía en la calle. Sus ojos era negros y profundos, sus cabellos aunque enmarañados mostraban un color castaño que resaltaba bajo la luz del día, y su contextura era algo rellenita para vivir en la calle. El guardia la miró fijamente, no era la primera ni la única niña golpeada por la vida que veía.

Después de unos segundos en que ambos se miraron, la jovencita empezó a mirar por los costados del guardia como si buscara algo. Sus movimientos no mostraban miedo ni nerviosismo, por lo que el guardia imaginó que no buscaba algo que hurtar para luego salir corriendo, así que dejó que la pequeña se ahogara en su curiosidad.

— ¿Tienes calor? ¿Por qué no te quitas la armadura? –preguntó la joven con un tono infantil–.

— Si, pero debo usarla ya que me defiende de los peligros –dijo el guardia–.

La joven se quedó pensativa un momento, se sentó en el piso hacia el frente del guardia y mirándolo preguntó:

— Pero acá no hay peligro, no hay nadie dando vuelta, ¿por qué debes estar incomodo cuando no hace falta?.

— Los enemigos están por todas partes, jovencita. Uno nunca puede estar refugiado de todos los peligros que acechan en este mundo –dijo el guardia con un tono desinteresado-.

— ¿Qué peligros hay en esta ciudad? –preguntó la niña-.

— Nada de lo que debas preocuparte, mientras yo esté acá no hay nada de que temer.

La niña, se levantó de golpe mirándolo al guardia con ojos de ira, y dijo, con un tono bajo pero firme, lo siguiente:

— ¡No me mientas! ¿Cómo puedes estar tan seguro de que estamos seguro? ¿Qué me puedes decir tú de la seguridad, tú, quien anda vestido de armadura de metal para poder defenderse? Yo ando en la calle todos los días, cuidando de lo que coma o de lo que toque para evitar enfermarme. El peligro no solo está en alguien que tenga un cuchillo, sino en la indiferencia de las personas y en la falta de atención, que incluso tú me das cuando dices algo.

El guardia se quedó mirándola fijamente mientras la jovencita, que ahora si había despertado su interés, recitaba sus verdades. No parecía ser una niña.

Ella continuó:

— Todos los días veo a guardias como tu ir de un lado a otro como si buscaran algo o alguien, cuando lo que no saben es que son ustedes lo que provocan la falta de seguridad en esta ciudad. ¿Alguna vez han preguntado a alguien sentado en la calle si necesita algo? ¿Por qué deben ignorar de que estamos acá? ¿Nunca se preguntaron si los delincuentes, asesinos y ladrones que alguna vez fueron como yo, una joven niña que busca sobrevivir día a día, tras años de ignorancia, haya decidido tomar las acciones por cuenta propia?.

El guardia se había quedado sin habla. No sabía que decir.

— La próxima vez que pienses en peligro, hazlo sin tu pesada armadura, hazlo con ropa gastada y sin monedas de cobre en tu bolsillo. Ahí verás done está el verdadero peligro. Tu protección solo nubla tu percepción en las cosas –dijo la joven, que preparaba para irse-.

El guardia se quedó mirando a la joven que le daba la espalda, con la lengua escondida y sin capacidad de emitir un sonido.

Miró al sol, que aun golpeaba radiante sobre el suelo. Se levantó pesadamente, se puso su casco, y continuo su, hoy más que nunca, pesada marcha en busca de nuevos peligros que pudiesen acechar tras cada esquina de esa pequeña aldea.

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